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El café de sus ojos

  El sol comenzaba a insinuarse en el horizonte, tiñendo de oro las fachadas mientras las aves cruzaban el cielo con su canto. El pavimento húmedo reflejaba destellos, y las familias abrían puertas y ventanas para dar inicio a la rutina.   En el centro de la ciudad, un joven se detuvo frente a una cafetería. Cada mañana acudía antes de ir a la universidad para desayunar en soledad: sus padres habían muerto y no tenía con quién compartir ese espacio.   Todo cambió cuando conoció a la mesera que lo atendió por primera vez. Había en ella algo difícil de explicar, pero que lo hacía sentir en casa cada vez que se sentaba en la mesa del fondo.   Un día se animó a hablarle con la intención de ganar su amistad, y lo logró. Con el tiempo, la relación se volvió cercana y la complicidad empezó a notarse, compartiendo incluso algunos desayunos.   Sin darse cuenta, un sentimiento más profundo comenzó a crecer en su pecho. Al principio intentó negarlo, temiendo dañar ...

Vistazo al futuro

  El día se alzaba sobre el bosque invernal. Los pinos permanecían inmóviles, guardianes de un silencio helado. El río avanzaba sereno, arrastrando consigo los restos vencidos del tiempo. En lo alto, las aves rompían la calma con su canto disperso, y a lo lejos, el bramido de un alce resonaba como un eco ancestral que atravesaba la brisa fría. A la orilla de un lago, el hacha golpeaba un tronco y el crujido se expandía en el aire .  Un hombre, vestido como campesino, reunía la leña para su choza. Las noches en aquel lugar eran heladas. Aunque su cuerpo soportaba el frío, prefería no arriesgarse a enfermar: nadie estaría allí para asistirlo. El agarre firme de la herramienta mostraba que, aunque parecía alguien común, todavía cargaba consigo la disciplina de otro tiempo. El sudor le perlaba la frente, su respiración agitada acompañaba cada golpe, y las cicatrices en sus brazos y en la mejilla revelaban batallas antiguas. Bajo la tela se ocultaba un cuerpo enjuto y vigoroso...

Vistazo al pasado

  El aire helado soplaba con fuerza entre los enormes pinos del bosque. El sol apenas asomaba, y sus rayos atravesaban las ramas, dibujando destellos dorados sobre la nieve que coronaba la montaña al norte. Entre el murmullo del viento, se escuchaba el canto disperso de las aves, un contraste delicado que parecía capaz de apaciguar incluso a la bestia más poderosa.     La calma del bosque se quebró con el ritmo firme de unas pisadas sobre la tierra húmeda. Un caballero avanzaba con la cabeza baja y los ojos grises perdidos en la penumbra; en su mejilla se marcaba una mancha de sangre ya seca. Cada paso resonaba como un recordatorio de que, pese al cansancio, seguía alerta. Sus manos  sujetaban con fuerza una  pesada espada dorada no solo como arma, sino como señal de vigilancia constante, mientras se dirigía hacia una lápida solitaria al final de  una  vereda.     Al cruzar la entrada, el caballero se detuvo un instante y levantó la mirada: a...