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Desde la viga

  En la cima del edificio en construcción, sentado sobre la viga de acero, observo la bahía que se extiende al frente. El viento sopla con suavidad, moviendo los mechones que escapan del casco, mientras el sol empieza a inclinarse hacia el horizonte.   Al abrir la lonchera, las bisagras rechinan apenas. Adentro, un sándwich envuelto en servilletas descansa junto a una manzana; en una esquina aguarda el jugo de durazno que me preparó mi esposa.   Le doy el primer bocado. Sabe a casa, a un esfuerzo callado que se repite cada mañana. Y mientras contemplo abajo la ciudad que no se detiene, me pregunto en qué momento empezamos a permitir que la prisa y la falta de lo material nos vayan distanciando de quienes sostienen nuestro mundo.   Aunque no puedo distinguir los rostros desde aquí arriba, me basta con mirar sus siluetas para entender que cada uno vive sumergido en sus propias urgencias: los oficinistas que cruzan la calle atados al teléfono, los oficiales ...

La chispa que me encontró

El sol terminó de tragarse la última luz en el horizonte y la luna tomó el control de la noche. Arriba, las estrellas apenas parpadeaban mientras la fugacidad de algún destello me recordaba que, a millones de kilómetros de mi propia quietud, el universo seguía moviéndose. Mientras caminaba de vuelta a casa, repasaba la charla que había tenido con mi mejor amiga durante las clases. Ella había dicho una frase que se me quedó clavada como una cicatriz: Todos tienen su propio camino . Desde entonces, la incertidumbre de no entender a qué se refería me acompañó por cada calle , firme como un guardián incapaz de abandonar su puesto. Al llegar al cruce de la gran avenida, la luz roja del semáforo me detuvo. El bip del temporizador me retumbaba en los oídos y no pude evitar una mueca de molestia. Hundí la mano en el bolsillo, saqué el estuche de los audífonos y recé para que tuvieran batería. La barra de carga estaba llena. Me los puse a toda prisa y, en cuanto la melodía comenzó a devolverme ...

La última cuerda

En las paredes del taller de relojes, los péndulos dorados oscilaban con lentitud, atrapando destellos en cada viaje. El roce constante de los dientes de latón encajando formaba un murmullo exacto, semejante al siseo de una criatura viva.  Sobre el mostrador, la lámpara de escritorio concentraba su luz en un círculo exacto sobre el tapete, mientras la oscuridad avanzaba por los rincones. Entre el aroma denso de aceite de ballena y madera vieja, un anciano contenía la respiración; a través del monóculo, unas pinzas acomodaban el volante de un reloj de pulsera.  El golpe de la puerta activó el cascabel de la entrada. El tintineo obligó al anciano a congelar las pinzas en el aire. Antes de alzar la mirada, el vaho de su respiración, condensado por un frío repentino, le advirtió que no era un visitante común. Murmullos incomprensibles se propagaron en la penumbra mientras la silueta de un hombre de traje negro avanzaba; a su paso, las manecillas se detenían y los péndulos quedaban...