No era una prisión
Pasé noches enteras diseñando rutas de escape, pero fracasé tras varios intentos. Por momentos creí perder la razón ante la ausencia de voces, de presencias. Aquella sensación era tan ardiente que quemaba desde adentro. Durante mucho tiempo deseé que alguien me rescatara. Caí al fondo de un pozo, y la oscuridad me tomó como prisionero; el silencio se convirtió en mi nuevo idioma. Desde ahí observaba las siluetas que caminaban cerca. Algunos echaban un vistazo, otros pasaban de largo pese a escuchar mis gritos, y unos más se burlaban de mi condición. En una ocasión, una de tantas siluetas se detuvo y echó un vistazo. No le di importancia: pensé que solo se dejaba llevar por el morbo. Pero no fue así. Extendió su mano para ayudarme, sin condiciones, con sinceridad—o al menos eso quise creer al principio. Dudé en aceptarlo. Pero luego de escuchar su historia, de saber cómo alguien la ayudó a escapar de su propio pozo, decidí creer. ...