Vistazo al pasado
El aire helado soplaba con fuerza entre los enormes pinos del bosque. El sol apenas asomaba, y sus rayos atravesaban las ramas, dibujando destellos dorados sobre la nieve que coronaba la montaña al norte. Entre el murmullo del viento, se escuchaba el canto disperso de las aves, un contraste delicado que parecía capaz de apaciguar incluso a la bestia más poderosa.
La calma del bosque se quebró con el ritmo firme de unas pisadas sobre la tierra húmeda. Un caballero avanzaba con la cabeza baja y los ojos grises perdidos en la penumbra; en su mejilla se marcaba una mancha de sangre ya seca. Cada paso resonaba como un recordatorio de que, pese al cansancio, seguía alerta. Sus manos sujetaban con fuerza una pesada espada dorada no solo como arma, sino como señal de vigilancia constante, mientras se dirigía hacia una lápida solitaria al final de una vereda.
Al cruzar la entrada, el caballero se detuvo un instante y levantó la mirada: al fondo distinguió a una mujer arrodillada, cubierta por una capa blanca que ocultaba su identidad. Sus ojos se encendieron con desconfianza, y el mango de la espada dorada se tensó en sus manos, como si el peligro aguardara tras aquella figura.
La mujer se percató de su presencia y rompió el silencio con una voz serena, pero cargada de un matiz inquietante:
— No esperaba verte aquí —dijo sin volverse, con una calma que parecía desafiar el momento— Pensé que esta tumba había sido olvidada… igual que todo lo que alguna vez fuiste.
El caballero no respondió de inmediato; detrás de aquellas palabras se escondía una verdad incómoda que no podía ignorar. Finalmente, habló con serenidad calculada:
— No he olvidado lo que fui, pero esto ya no me pertenece —se acercó y se plantó junto a ella, mostrando brevemente el arma.
— ¿No te pertenece? —continuó la mujer, girándose apenas, con una voz desafiante— ¿O has decidido que no quieres cargar con lo que significa?
El caballero guardó silencio unos instantes, las palabras parecían pesar más que la espada en sus manos. Finalmente respondió con decisión:
— Decidí que no quiero cargarla más. Fui el único que aceptó hacerlo, y eso me debilitó más de lo que creí.
La mujer se reincorporó despacio, colocándose a su lado, y replicó con un tono cargado de reproche:
— ¿Acaso huyes de él?
El caballero la miró apenas; una risa breve, más cansada que burlona, se le escapó antes de responder:
— Jamás se huye del pasado. Pero no puedo seguir viviendo en él, ni deseo quedar atrapado, dejando que mi vida se extinga.
El caballero hundió la espada frente a la lápida, y el sonido del metal contra la tierra rasgó la quietud. Con voz baja recitó una breve plegaria por el alma del difunto. La mujer, atenta, notó entonces que la armadura del hombre ya no era la misma que recordaba: el brillo dorado había desaparecido, sustituido por un tono carmesí apagado. Las hombreras se habían vuelto más toscas, la pechera más gruesa, y aquella elegancia de los viejos tiempos se había desvanecido, dejando en su lugar una presencia endurecida por la carga del pasado.
Ella se acercó por detrás y extendió la mano, pero por unos instantes no se sintió digna de posar sus dedos sobre el metal. El frío de la armadura la detuvo, el miedo la atravesó, y aun así lo venció hasta conseguirlo. El contacto la estremeció, y en su voz se filtró un matiz de melancolía:
— Antes, tu armadura brillaba como el sol. Era un reflejo de quién eras… ahora solo veo el peso de algo que me duele reconocer.
— Estar demasiado tiempo en la luz terminó por quemarme —contestó él con voz grave, girando hacia ella despacio— En algo tienes razón: era un reflejo de quién fui, pero eso ya pasó.
Ahora soy esto: mi fuerza, mi brutalidad, mi coraje y mi determinación me hicieron crecer. Y debo reconocer que, en parte, es gracias a ti. No era lo que deseaba… pero sí lo que necesitaba.
El caballero flexionó una pierna y llevó la rodilla al suelo. Con gesto lento se quitó el yelmo y lo depositó sobre la tierra, entre la espada y la lápida; el golpe apagado del metal resonó como un tributo. Aquel guerrero que yacía bajo tierra merecía todo el respeto: había luchado hasta el final en una guerra que nunca le perteneció, entregando su vida a una causa ajena.
Ella lo miró con pesar, y la vergüenza le pesó como un hierro en el pecho: sabía que, de algún modo, había contribuido al destino fatal del difunto. Sus manos temblaron al intentar acercarse, deseando que todo volviera a ser como antes, cuando la armadura aún brillaba.
— Si pudiera cambiar lo que pasó, lo haría —susurró con voz quebrada— No sabes cuánto lo deseo.
Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas, brillando en silencio como un reflejo de la culpa que no podía ocultar.
— No hay nada que cambiar. Solo queda aceptar lo que somos ahora —contestó el caballero con voz resignada.
— Si ya no eres mi guardián… ¿qué eres entonces?
El caballero dejó escapar un suspiro y respondió con calma grave:
— Nada más soy un hombre, con un pasado que miraré con nostalgia, pero con un futuro mejor y libre —Se reincorporó, evitando mirarla— Si algún día decides volver a este lugar, hazlo. Estoy seguro de que ese caballero brillante que yace aquí debajo te lo agradecerá.
El caballero se marchó con pasos firmes, dejando atrás a la mujer que alguna vez fue alguien importante en su vida. Antes de salir, se permitió mirar atrás una última vez: la vio extender el brazo hacia él, como si aún pudiera recuperarlo. Pero él sabía que aquello pertenecía al pasado, el mal necesario para avanzar y sobrevivir.
Así que continuó sin dudar. Cada paso lo alejaba más, y mientras caminaba comenzó a despojarse de las piezas de su armadura. El metal caía con un sonido apagado sobre la tierra, parecía que se desprendía del peso que lo había retenido demasiado tiempo. Debía dejarlo todo atrás para alcanzar el futuro.
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