Nadar en la incertidumbre

Las personas suelen quedar sumergidas en estanques de pensamientos, en ideas equivocadas acerca de sus destinos. Cada estanque tiene un tamaño distinto: la confianza es el más pequeño, la duda el más grande.   

El verdadero problema no está en caer en uno de ellos —porque muchas veces no elegimos, simplemente nos dejamos arrastrar por no saber defender lo que creemos—. El desafío auténtico es aprender a nadar en esos estanques, incluso si no te gustan, aunque no te sientas cómodo. Porque, de alguna manera, siempre debes emerger para cambiar de lugar. 

 

La verdadera satisfacción llega cuando logras evitar que esas aguas te asfixien por completo, porque solo así puedes escapar de quedar atrapado. Esa victoria nos da la oportunidad de dejar atrás lo que nos aprisiona y encaminarnos hacia el mar abierto: un lugar turbulento, lleno de peligros, misterios e incertidumbre, pero que al mismo tiempo representa una libertad absoluta.   

En su inmensidad, el mar es también un espacio de aprendizaje. No se trata de nadar sin rumbo, sino de encontrar un propósito para hacerlo. Sea cual sea, incluso si parece pequeño, todo propósito tiene un peso significativo que le otorga importancia, no para otros, sino para uno mismo. 

 

Si un día sientes que no sabes a dónde ir, detente. Deja que tus brazos descansen, que tus piernas recobren su fuerza para poder seguir. Flotarás un tiempo, pero eso no significa que no avances: las olas te llevarán hacia el lugar más cercano a lo que deseas.   

No te conducirán directamente a la puerta, pero estarás lo suficientemente cerca para llegar a donde debes. Y si aun así decides desafiar la marea, recuerda que forzar el avance solo es apresurar la caída. 

 

Habrá quienes lleguen más rápido a su destino, otros perderán el rumbo irremediablemente, y algunos ni siquiera habrán salido del estanque. Pero debemos recordar que no es una carrera: no existe una meta real ni una línea que cruzar. La competición es solo una ilusión diseñada para hacernos creer que estamos atrás.   

La constancia, en cambio, es la clave para alcanzar el punto que marcamos en nuestro propio mapa. Nadie más lo hará por nosotros. Los únicos que podemos nadar, decididos a alcanzar la gloria, somos nosotros. 

 

Si alguna vez escuchas a alguien rendirse, alién­talo a continuar. Muchas veces las personas son indiferentes al sufrimiento ajeno, creen que es mejor preocuparse solo por uno mismo. Pero olvidan que todos somos humanos: nadamos, corremos, volamos o caminamos juntos sobre la misma roca espacial llena de vida.   

  

Y si un día necesitas que alguien te diga que no debes rendirte, pero no hay nadie, también es válido levantarse por cuenta propia. No significa que no existan personas que se preocupan por ti, sino que la vida las ha llevado inevitablemente lejos para poder ayudarte.   

  

En algún momento alguien llegará, para nadar a tu lado en el mar abierto hacia un destino incierto, pero con la confianza de que no estarán solos. 

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