Vistazo al futuro
El día se alzaba sobre el bosque invernal. Los pinos permanecían inmóviles, guardianes de un silencio helado. El río avanzaba sereno, arrastrando consigo los restos vencidos del tiempo. En lo alto, las aves rompían la calma con su canto disperso, y a lo lejos, el bramido de un alce resonaba como un eco ancestral que atravesaba la brisa fría.
A la orilla de un lago, el hacha golpeaba un tronco y el crujido se expandía en el aire.
Un hombre, vestido como campesino, reunía la leña para su choza. Las noches en aquel lugar eran heladas. Aunque su cuerpo soportaba el frío, prefería no arriesgarse a enfermar: nadie estaría allí para asistirlo.
El agarre firme de la herramienta mostraba que, aunque parecía alguien común, todavía cargaba consigo la disciplina de otro tiempo.
El sudor le perlaba la frente, su respiración agitada acompañaba cada golpe, y las cicatrices en sus brazos y en la mejilla revelaban batallas antiguas. Bajo la tela se ocultaba un cuerpo enjuto y vigoroso, moldeado en guardias y marchas forzadas, ahora entregado a preservar lo poco que aún le pertenecía.
Habían transcurrido varios inviernos desde que dejó la espada. No volvió a ver a la dama de la capa blanca, aquella que una vez se detuvo frente a la tumba vacía donde él había sepultado su pasado.
El murmullo del río descargando en el lago le trajo de golpe las palabras de ella sobre huir del pasado. No era fuga, sino espera: aguardaba el momento de renacer en otra forma. El dolor se había vuelto raíz, y de él brotaba la decisión más ardua: seguir adelante.
El hacha se levantó, pero el golpe se detuvo en el aire. Sus manos temblaban sobre el mango, reteniendo la fuerza, daba la impresión de que aguardaban un mandato oculto.
— ¿Y si no soy un guardián…? Entonces, ¿qué queda de mí? —su voz apenas rozó la calma, mientras sus ojos se hundían en el tronco frente a él.
Finalmente, el golpe seco partió la madera en dos. El estruendo sacudió el ambiente y las aves cercanas alzaron vuelo de inmediato.
La dureza y la determinación lo habían hecho crecer en silencio. No necesitaba aprobación, ni mucho menos permiso para existir. Los sonidos del bosque parecían unirse a la penumbra que empezaba a susurrarle, recordándole que debía convencerse de que podía ser más de lo que los demás esperaban, aun si para lograrlo debía dejarse envolver por esa voz oscura.
Entre los árboles, una sombra emergió de pronto, quebrando la quietud que rodeaba al hombre del hacha. El crujir de las hojas y el leve batir de alas en lo alto lo hicieron girar enseguida, desconcertado, mientras la figura avanzaba lentamente hacia él, como si respondiera a un llamado.
Entre las ramas, la claridad filtrada dibujó la silueta: una mujer de túnica negra que lo miraba con fijeza. Sus ojos rojizos ardían como brasas, rastreando alguna grieta en su interior. Los labios entreabiertos guardaban palabras no dichas, las mejillas se teñían con un resplandor tenue, y el cabello lacio caía sobre la frente como un velo. No pronunció palabra; solo dejó escapar un suspiro leve, cálido, cargado de un secreto invisible.
El hombre dejó caer el hacha y la quietud lo envolvió. En sus manos reposaba una tranquilidad antigua, y en su postura se erguía el control de los años, como un pilar que pocos podían sostener.
La mujer alzó el brazo y abrió la mano despacio. Una flama roja brotó, derramando su luz en ellos como un presagio.
— No temas elevarte —murmuró con serenidad inquietante— Ser acogido por lo distinto no es caer en el mal, sino otra forma de crecer, de sostener tu mirada en lo esencial: tú.
La flama se expandió hasta igualar su rostro, y en su interior brotaron visiones: no recuerdos, sino promesas de lo que podría ser si se atrevía a dar el salto —grandeza, fuerza, un poder sin nombre. Vaciló un instante, con el resplandor reflejado en sus ojos, preguntándose si esa luz lo alzaría… o lo hundiría en una sombra más profunda.
—Yo solo abro la puerta —la mujer insinuó apenas una sonrisa— Lo que ocurra después depende de ti.
— Tengo preguntas —respondió el hombre con seriedad— La más importante es… ¿por qué yo?
— Muchos ansían la gloria sin sacrificio —replicó ella con firmeza— Tú ya has entregado bastante; es hora de recibir lo que te pertenece.
— Temo... dejar de ser yo mismo —confesó, con la voz apenas quebrada.
— No perderás tu esencia —susurró ella— Solo vas a transformarla.
La pausa que siguió fue profunda, cargado de una expectación frágil. Entre las ramas, el crujir leve provocado por un ciervo al moverse acompañó la urgencia de una decisión inevitable.
El hombre extendió el brazo hacia el fuego, tembloroso. El dolor surcó su rostro, pero se disipó como humo. Al principio ardía, luego se volvió un extraño alivio, casi dulce, que lo envolvió en una calma inesperada. Las voces del pasado se apagaron como brasas extinguidas. Un escalofrío lo atravesó, ascendiendo por la espalda hasta el cuello; sus músculos se tensaron y sus manos se cerraron en puños.
Apenas era el inicio. Sus ojos se encendieron en rojo, y en sus pupilas ardía una flama diminuta, intensa. Su cuerpo se endureció, su mente se vació, lista para ser habitada por nuevos recuerdos.
La mujer avanzó un paso y rozó su mejilla con ternura. En su mirada brillaba la certeza de haberlo conducido hasta el umbral que debía cruzar.
— No lo olvides —advirtió en voz baja— No es egoísmo ni crueldad… es justicia.
Se inclinó, dejó un beso cálido en su frente y concluyó:
— Ya no eres el guardián de otros. Ahora eres libre.
El hombre inclinó la cabeza y se adentró en el bosque con pasos decididos entregado a su nuevo propósito. La mujer lo observó alejarse, mientras el río, en su murmullo creciente, anunciaba lo inevitable que pronto envolvería no solo a él, sino a todo aquel que se atreviera a caminar junto a su destino.
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