La chispa que me encontró

El sol terminó de tragarse la última luz en el horizonte y la luna tomó el control de la noche. Arriba, las estrellas apenas parpadeaban mientras la fugacidad de algún destello me recordaba que, a millones de kilómetros de mi propia quietud, el universo seguía moviéndose.

Mientras caminaba de vuelta a casa, repasaba la charla que había tenido con mi mejor amiga durante las clases. Ella había dicho una frase que se me quedó clavada como una cicatriz: Todos tienen su propio camino. Desde entonces, la incertidumbre de no entender a qué se refería me acompañó por cada calle, firme como un guardián incapaz de abandonar su puesto.


Al llegar al cruce de la gran avenida, la luz roja del semáforo me detuvo. El bip del temporizador me retumbaba en los oídos y no pude evitar una mueca de molestia. Hundí la mano en el bolsillo, saqué el estuche de los audífonos y recé para que tuvieran batería. La barra de carga estaba llena. Me los puse a toda prisa y, en cuanto la melodía comenzó a devolverme la paz, solté un suspiro y una sonrisa involuntaria.


La luz cambió a verde o, al menos, eso creí ver reflejado en un charco cercano. Avancé apenas un par de pasos cuando la letra de la canción me provocó un escalofrío: era un eco exacto de las palabras de mi amiga. «Ahora sé a dónde voy».

Un claxon estridente atravesó la música.

No puede ser —murmuré, tensando la mandíbula.


Al levantar la mirada me di cuenta del error: no me había asegurado del cambio de luz. Desde la otra acera, la gente agitaba los brazos y gritaba cosas que la música me impedía entender. Intenté dar un paso atrás, pero las piernas no me respondieron. Y entonces, de golpe, todo se apagó.


Un zumbido agudo y persistente inundó mis oídos mientras una luz cegadora lo borró todo a mi alrededor. Un pensamiento me atravesó con la fuerza de un zarpazo: ¿acaso había muerto? La sola idea me desgarraba la mente; no quería dejar el mundo, no de esa manera.


Lentamente, la blancura fue perdiendo fuerza hasta devolverme la visión. Miré hacia todos lados, pero no encontré nada más que un vacío infinito. Estaba de pie sobre un suelo de arena fina, cubierto por una capa transparente de agua que no se movía. En el horizonte, solo una línea recta dividía la inmensidad del cielo naranja de la tierra.


Una voz profunda resonó en el aire, haciendo vibrar el agua a mis pies:

Has pasado tanto tiempo buscando tu chispa sin darte cuenta de lo evidente.


Giré sobre mi propio eje una y otra vez buscando el origen de aquellas palabras, pero el vacío seguía intacto. El aire comenzaba a faltarme y el corazón parecía querer escapársele a mi pecho.

¡¿Quién eres?! —grité, apretando los puños.

El cuerpo me comenzó a temblar. Un sudor frío me empapó la frente mientras la garganta se me secaba por completo.


La voz volvió a retumbar, esta vez tan cerca que sentí su aliento en la nuca:

No necesitas buscar más. Siempre ha estado frente a ti.


Mis manos se aflojaron. Fue entonces cuando el último susurro de mi amiga antes de despedirnos por la mañana resonó con una claridad aplastante: ¿Por qué buscas en otra parte? Aquella coincidencia me pareció tan perversa como irónica. Sin saber si mi vida había terminado o si estaba pagando mis culpas en una clase de limbo, la verdad me golpeó de lleno: me había obsesionado tanto por encontrar un camino que olvidé todo lo que ya había construido.


Ella dijo que yo era especial —murmuré, dejando caer la mirada hacia el agua— Y ya es demasiado tarde.


El agua a mis pies comenzó a inquietarse, creando pequeñas olas que chocaban con mis piernas.

Nunca es tarde —añadió la voz con serenidad— Ya estás transitando el sendero correcto. Todo lo que haces posee un valor real y, aunque la prisa te impida verlo, la compañía nunca te ha faltado. Solo debes aprender a mirar con atención.


Alcé la cabeza, con el corazón acelerado y los ojos abiertos de par en par:

¿Puedo volver?


El poder siempre ha sido tuyo —concluyó la voz.


El cielo ardió en un destello de luz que me cegó por completo. La penumbra cayó de inmediato y, con ella, el molesto bip del semáforo retumbó una vez más en mis oídos. Al abrir los ojos, apenas distinguí las siluetas borrosas de varias personas inclinadas sobre mí. La cabeza me estallaba en un dolor punzante que me hacía latir las sienes.


¡Ya despertó! —gritó un hombre a mi lado.


Parpadeé varias veces hasta que la vista se me aclaró.

¿Qué... qué sucedió? —pregunté, llevándome una mano a la sien.


Un auto iba a arrollarte —explicó una anciana con el rostro lleno de angustia— Retrocediste de la nada, resbalaste con una bolsa y te golpeaste la cabeza contra el asfalto.


Un oficial se abrió paso entre la multitud y, con un gesto firme, me indicó que no intentara moverme:

Mantén la calma. Los paramédicos ya vienen en camino.


Detrás de él, mi mejor amiga apareció con los ojos inundados de lágrimas. Sin importarle el suelo, se dejó caer a mi lado y me rodeó con los brazos, apretándome con una fuerza desesperada, como si hubiera estado a punto de perderme para siempre. Correspondí el abrazo a pesar del dolor en la cabeza y comprendí todo de golpe: siempre estuvo frente a mí.


Entre la multitud, una mujer joven se detuvo un segundo a mirarnos. Me dedicó una sonrisa serena y, antes de perderse entre la gente, murmuró con una voz que me resultó extrañamente familiar:

¿Lo ves? Ahí está tu chispa.

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