La última cuerda
En las paredes del taller de relojes, los péndulos dorados oscilaban con lentitud, atrapando destellos en cada viaje. El roce constante de los dientes de latón encajando formaba un murmullo exacto, semejante al siseo de una criatura viva.
Sobre el mostrador, la lámpara de escritorio concentraba su luz en un círculo exacto sobre el tapete, mientras la oscuridad avanzaba por los rincones. Entre el aroma denso de aceite de ballena y madera vieja, un anciano contenía la respiración; a través del monóculo, unas pinzas acomodaban el volante de un reloj de pulsera.
El golpe de la puerta activó el cascabel de la entrada. El tintineo obligó al anciano a congelar las pinzas en el aire. Antes de alzar la mirada, el vaho de su respiración, condensado por un frío repentino, le advirtió que no era un visitante común.
Murmullos incomprensibles se propagaron en la penumbra mientras la silueta de un hombre de traje negro avanzaba; a su paso, las manecillas se detenían y los péndulos quedaban suspendidos, como si respondieran a una fuerza invisible.
Frente a frente, un silencio pesado se instaló entre ellos, roto solo por la respiración agitada del anciano y el crujido de la madera vieja. Con calma recorrió al extraño de arriba abajo: la piel pálida parecía mármol tallado, y el rostro sereno guardaba secretos ancestrales. Esa certeza le heló la sangre.
—Necesito de sus servicios —dijo el hombre de negro, sin parpadear.
El relojero percibió la ausencia de inflexión humana en su voz: un tono neutro, seco, sin urgencia ni emoción, semejante al roce de piedras bajo agua helada.
—Claro —murmuró, dejando las herramientas a un lado— ¿Qué puedo hacer por usted?
El extraño buscó en el bolsillo de su saco; emergió un objeto circular de oro viejo que brilló bajo la lámpara. En la tapa, el relieve desgastado mostraba una serpiente mordiéndose la cola, formando un bucle sin principio ni fin.
Lo depositó sobre el tapete y lo empujó hacia el frente, como una ofrenda. Con un clic metálico, la tapa de resorte se abrió, revelando un corazón inerte de engranajes diminutos. El reverso exhibía una corona estriada que aguardaba ser girada para devolver vida a la maquinaria.
El relojero observó el objeto sin comprender sus símbolos, intuyendo misterios fuera de su alcance. Carraspeó al intentar enderezarse, pero el crujido de sus huesos le recordó que las fuerzas se le agotaban con los años.
—Me llevará unos minutos —murmuró, colocando una mano sobre el reloj.
Al contacto, una sensación extraña lo paralizó; su corazón se agitó y el sudor perló su frente.
—El tiempo es suyo —afirmó el hombre de negro, parpadeando una vez.
El relojero no respondió; dejó escapar un suspiro que alivió la tensión.
Tomó la pieza con firmeza y desenroscó la tapa trasera. Al exponer el interior, usó las pinzas para retirar los componentes uno a uno, cuidando de no dañar la maquinaria con un movimiento errado.
Finalmente descubrió el problema: un resorte roto. La imagen lo detuvo un instante, devolviendo ecos que creía enterrados.
El accidente de hace treinta años, cuando todo se apagó. Una falla inesperada había marcado su vida para siempre. Buscó en un cajón el repuesto, lo sacó del empaque y con las pinzas lo colocó en su sitio.
El aroma del aceite en los engranes se mezcló de pronto con el olor a combustible y el rugido de un motor en la carretera. Los reclamos de su esposa y el llanto de su hijo anunciaban una catástrofe que no supo prever.
Apretó la corona y la giró despacio. El mecanismo crujió mientras las manecillas retrocedían, obligando a su mente a enderezar el metal retorcido del automóvil. Los restos de la lluvia de aquella noche seguían en el pavimento, recordatorio de una furia desatada contra inocentes.
La corona cedió un milímetro más y el mecanismo cobró vida con un murmullo de engranajes encajando. La aguja de los segundos dio un salto vibrante y comenzó a avanzar con precisión implacable. En el pecho del anciano, la opresión del recuerdo se disipó: el tic-tac no solo marcaba la marcha del metal, sino la ilusión de que, al mover esas manecillas, el pasado terminaba de acomodarse.
Devolvió la tapa a su lugar y la giró hasta sellarla, resguardando el corazón del objeto y, al mismo tiempo, la culpa por no haber evitado aquel desenlace.
—Listo —dijo el relojero—. Su amigo lo acompañará por largo tiempo.
Al levantar la vista, el hombre de negro ya no estaba. Desconcertado, apartó las herramientas y dejó el monóculo sobre el tapete, dispuesto a buscarlo, pero no logró hallarlo.
Uno de los péndulos reflejó la luz dorada de la lámpara hacia su rostro, encandilándolo al instante. Una brisa helada movió su cabello, apagando todo a su alrededor, mientras una sensación de alivio lo envolvía y un destello lo guiaba hacia otro lugar.
En el mostrador, el relojero yacía inerte sobre la madera. Su mano aún sostenía el reloj, cuyo tic-tac permanecía constante. Entonces, una mano huesuda lo alcanzó y la sombra de una guadaña se proyectó en la pared: el tiempo se había agotado para el anciano.
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