Desde la viga
En la cima del edificio en construcción, sentado sobre la viga de acero, observo la bahía que se extiende al frente. El viento sopla con suavidad, moviendo los mechones que escapan del casco, mientras el sol empieza a inclinarse hacia el horizonte.
Al abrir la lonchera, las bisagras rechinan apenas. Adentro,
un sándwich envuelto en servilletas descansa junto a una manzana; en una
esquina aguarda el jugo de durazno que me preparó mi esposa.
Le doy el primer bocado. Sabe a casa, a un esfuerzo callado
que se repite cada mañana. Y mientras contemplo abajo la ciudad que no se
detiene, me pregunto en qué momento empezamos a permitir que la prisa y la
falta de lo material nos vayan distanciando de quienes sostienen nuestro mundo.
Aunque no puedo distinguir los rostros desde aquí arriba, me
basta con mirar sus siluetas para entender que cada uno vive sumergido en sus
propias urgencias: los oficinistas que cruzan la calle atados al teléfono, los
oficiales en el cruce intentando sostener el orden y las amas de casa cargadas
con bolsas que amenazan con escapárseles de las manos.
Parecieran mundos ajenos, pero en el fondo sé que
compartimos la misma raíz: la simple y feroz necesidad de llevar el pan a la
mesa.
El pan empieza a resecarme la garganta; alcanzo la botella
en la lonchera y la destapo casi con urgencia. El aroma del durazno me envuelve
enseguida y me trae el recuerdo de mi esposa: una mujer sencilla, cálida, de
una presencia que para mí lo llena todo.
Doy el primer sorbo y regresan a mi memoria sus palabras:
"Siempre estoy orgullosa de ti". Sin embargo, al repasarlas, me
asalta la duda: ¿por qué lo está? Sé que ella me considera suficiente como
esposo y proveedor, pero hay días en que siento que este trabajo no alcanza
para darle la vida que merece.
Y, aun así, la veo sonreír cada tarde cuando vuelvo a casa
con la ropa impregnada de tierra.
De repente, un estruendo que proviene de la avenida me
obliga a voltear. Veo como la gente se agolpa alrededor de un automóvil y
alcanzo a distinguir una silueta tendida en el asfalto: un accidente.
Entrecierro los ojos, pero la distancia no me permite ver
quién es; solo sé que, probablemente, esa persona ya no llegará a casa esta
noche. Se me escapa un suspiro y cierro la lonchera con cuidado. El apetito se
me ha ido de golpe, como si una parte de mí ya estuviera compartiendo la grieta
que se acaba de abrir en la familia de ese desconocido.
Me quito el casco y en el interior contemplo la foto de mi
esposa; al mirar su rostro suave recuerdo todo lo que se puede perder en un
segundo. Quizás si todos nos detuviéramos un momento a pensar en la fragilidad
de lo que tenemos, viviríamos diferente.
Me levanto despacio y miro de nuevo hacia la calle. Las
sirenas resuenan a lo lejos y los oficiales comienzan a acordonar la zona. Y
entonces, casi como un milagro, la silueta intenta levantarse. Se me escapa una
sonrisa de alivio al saber que lo que parecía una tragedia se transformó en una
segunda oportunidad. No solo para esa persona, sino también para mí.
Vuelvo a ajustarme el casco y elevo la mirada hacia el
cielo, que empieza a teñirse con los tonos del atardecer. Ahora lo sé: no son
los lujos ni las riquezas lo que sostiene la vida, sino la certeza de estar
aquí, la lealtad de quien nos espera y la dicha de saber que somos suficientes.
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